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Foto de Débora Rodríguez
 
Han pasado cuatro días desde que las fuertes e incesantes lluvias detonaron el huaico en la ciudad de Chosica, dejando como saldo nueve personas fallecidas, 343 viviendas afectadas y 45 inmuebles inhabitables. El panorama es desolador. Hay olores fétidos y han aparecido signos inequívocos de enfermedades: las moscas en el día y los roedores por las noches. Y pese a que en todo el distrito se ha podido ver a personal de la Fuerza Aérea del Perú y de los ministerios del Interior, Salud y Vivienda ayudando a los damnificados, aún hay mucho por hacer. 
 
Han pasado cuatro días desde que un total de doce quebradas fueron activadas por las lluvias, generando los deslizamientos que originaron la tragedia. Una de esas quebradas se llama Carosio y es, detrás de la quebrada Rayos del Sol, la que trajo peores consecuencias. A las faldas de Carosio se ubica el Asentamiento Humano Buenos Aires, lugar al que hemos llegado acompañando al equipo del proyecto Aliados Contra Inundaciones, ejecutado por Soluciones Prácticas  con el financiamiento de Zurich, con el propósito de reducir la vulnerabilidad a las inundaciones en las cuencas de los ríos Rímac y Piura a través de una mayor integración de los actores para la gestión de las inundaciones, enfoques innovadores basados en la ciencia, y el fortalecimiento de las capacidades de las instituciones. El Asentamiento Humano Buenos Aires no forma parte de los beneficiarios directos del proyecto, pero pronto se sumarán a las comunidades de María Parado de Bellido, Pablo Patrón, Chaclacayo, Esteras, Carrizales, Sauces y Monte, y recibirán la ayuda correspondiente. 
 
El Asentamiento Humano Buenos Aires acoge desde hace más de tres décadas a Débora Rodríguez, una mujer de 48 años a la que encontramos en el segundo piso de su vivienda –o lo que queda de su vivienda–, observando pasmada el lento devenir de la restauración, una restauración disfrazada de jóvenes militares que se esfuerzan por levantar grandes rocas de las casas destrozadas, que comen por turnos en platos descartables en una zona que se ha quedado sin agua, sin luz y sin desagüe. En una zona que necesita de ayuda para poder comer. 
 
Foto de la emergencia en Chosica
 
Débora lleva un gorro azul para protegerse del sol pero no puede disimular su mirada triste. Nos habla desde el segundo piso de su casa y nosotros estamos solo un metro debajo. Las piedras y el lodo han elevado el lugar, luego de dejar inhabilitado el primer piso de su casa. Para escucharla, debemos sortear la molestia del polvo que nos cae a los ojos cada vez que Débora mueve los pies. Ella, para mantener el equilibrio, se sujeta de paredes rotas que antes marcaban las fronteras de su casa con la del vecino, y que hoy son como un gran rompecabezas al que le faltan muchas fichas de ladrillo y cables de fierro. En lugar de paredes, Débora tiene ahora dos grandes telas, ambas con figuras incaicas, y una bolsa de plástico azul. “¿Cómo haces ahora por las noches, cómo duermes sin paredes?”, le preguntamos sin evitar sentir pudor. “Pues no duermo”, responde ella. “Toda la noche debo estar despierta porque ahora la gente de mal vivir se aprovecha de la situación y se mete a las casas a robar. Me quedo hasta las 5 de la mañana despierta desde el lunes”. 
 
 
Vivir para contarla
 
El lunes 23 de marzo del 2015 será un día inolvidable para Débora. “Aquí ya estamos acostumbrados a que cuando llueve, se puede venir un huaico. El viernes y el sábado ya había bajado un poco de agua. Pero el lunes ya empezó a sonar horrible. Cada uno fue sacando algunas cosas de sus casas, preparándose para lo peor. Pero lo que sucedió fue mucho más fuerte de lo que imaginábamos todos”. Débora nos cuenta que escapó hacia el colegio más cercano a su casa. “Ahí nos refugiamos cada vez que pasan este tipo de cosas”, afirma. “Mis hijos estaban en otro colegio que queda más lejos, y como ya se acercaba la hora de salida, yo estaba desesperada porque no quería que ellos se regresen y se encuentren con el huayco. No entraban las llamadas por la congestión y sentí mucho miedo. Felizmente al cabo de un rato pude contactarme con el colegio y les pedí que los mantengan ahí hasta que se calme todo”.
 
La calma llegó, pero a medias. Un par de horas después de evacuar, Débora regresó a su casa y se vio en la desagradable situación de encontrar su casa en escombros. “Ya mientras caminaba y veía las casas vecinas me di cuenta que había sido gravísimo. Si ellos que están más lejos del cerro tenían sus casas rotas, la mía que está cerquita, mucho peor”. Y efectivamente, Débora no se equivocó. La casa que le había tomado toda una vida construir estaba hecha pedazos. “Pude salvar apenas mi salita y mi comedor, pero algo es algo”, nos dice Débora, y se nos hace imposible no conmovernos. “He perdido todo lo demás. Se me han roto las paredes, están rajadas. Y todo se ha malogrado. Hasta los útiles del colegio de mis hijos se perdieron”.
 
Han pasado cuatro días desde la tragedia. Tres noches sin dormir para Débora. Y ahí está, de pie, protegiendo con la vida lo poco que le queda. “Por lo pronto, solo espero conseguir madera, triplay o algo para poder reconstruir mis paredes”, nos dice antes de marcharse. La llaman para llenar unos papeles en los que están empadronando a los damnificados. Por la casa de Débora no hay tiempo para lamentos. Al cabo de unos minutos la responsabilidad hará que ella olvide nuestro encuentro. Nosotros, en cambio, tendremos grabada su angustia, reflejada en su mirada desde el segundo piso de su casa destruida, para siempre.    
 
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