¿Por qué la comprensión de la naturaleza sistémica del riesgo es muy importante en medio de la crisis del COVID-19?

 

Esta es el primero de una serie de ocho artículos escritos por los coautores Marc Gordon (@Marc_4Drisk) y Scott Williams (@scott42195), con base en el capítulo sobre el riesgo sistémico, el Marco de Sendai y la Agenda de 2030, incluido en el Informe de Evaluación Global 2019 sobre la Reducción del Riesgo de Desastres. Estos artículos, que se publicarán en el transcurso de los próximos 10 días, exploran la naturaleza sistémica del riesgo que ha puesto en evidencia la pandemia mundial ocasionada por el COVID-19, qué es lo que debe cambiar y cuál es la forma en que podemos lograr un cambio de paradigma para pasar de gestionar los desastres a gestionar el riesgo.

El preámbulo de la Agenda de 2030 para el Desarrollo Sostenible señala que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son integrales e indivisibles, y equilibran las tres dimensiones de este tipo de desarrollo: económica, social y ambiental. Es probable que en este siglo predomine el surgimiento de riesgos dinámicos a gran escala, tal como la pandemia mundial del COVID-19, que inherentemente trascienden estas tres dimensiones. El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 (el Marco de Sendai) refleja la certeza de que en una sociedad cada vez más populosa, interconectada y globalizada, la propia naturaleza y la magnitud del riesgo han cambiado y continúan cambiando, hasta un grado tal que sobrepasan los enfoques y las instituciones que se han establecido para gestionarlo. La naturaleza sistémica de los acontecimientos recientes que han surgido desde el brote inicial del COVID-19 a finales de 2019 tienen el potencial de generar diversos tipos de daños y destrucción de forma simultánea, aun en aquellos sistemas de apoyo vital dentro de amplias partes de las economías y las sociedades. El riesgo sistémico representa una perspectiva crítica para orientar la toma de acciones, tanto ahora como en el futuro.

Hay diversos cambios no lineales en la intensidad y la frecuencia de las amenazas —una realidad que cada vez más comprenden los ciudadanos y los encargados de formular políticas en todo el mundo— por lo que surge claramente la urgencia de contar con una mayor ambición y acciones sistémicas más rápidas. El COVID-19 impone la necesidad de aplicar nuevos enfoques conceptuales y analíticos para aumentar la comprensión y mejorar la gestión de las dinámicas del riesgo, así como una serie de elementos impulsores de este, los cuales son complejos y tienen un efecto en cascada, tanto a nivel espacial como temporal. La comprensión de la naturaleza dinámica e interactiva —tanto de las pandemias zoonóticas como de otros riesgos sistémicos— requiere que prestemos atención a las interacciones y las interdependencias entre las amenazas físicas, sociales, tecnológicas y ambientales, y una atención aun mayor al "metabolismo antropogénico".

Las comunidades técnicas han empleado y continúan utilizando modelos para "ver" mejor el riesgo en la actualidad o en un futuro inmediato, por lo que la percepción del riesgo se va formando inherentemente por las herramientas utilizadas para describirlo. La mayoría de los modelos se han basado en observaciones y datos históricos, asumiendo que el pasado representa una guía razonable para el presente y el futuro. Sin embargo, la pandemia mundial del COVID-19 ha hecho que este supuesto sea obsoleto en casi todas las áreas: ello es debido a la enorme cantidad de seres humanos en casi todas las naciones del planeta que han resultado infectados, así como por la dinámica y la conexión global del mundo físico con el biológico, las personas y las comunidades.

La certeza de los cambios no lineales a corto plazo nos hace un llamado a reexaminar el supuesto crítico de la relación entre los riesgos pasados y futuros. El Marco de Sendai, adoptado exactamente hace casi cinco años, define una nueva era para la clasificación, la descripción y la gestión del riesgo. Se estipula que la comunidad mundial debe aceptar una nueva comprensión sobre la naturaleza dinámica de los riesgos sistémicos, establecer nuevas estructuras para gestionarlo en sistemas complejos y adaptativos, y elaborar una serie de herramientas nuevas para realizar inversiones y tomar decisiones orientadas por el riesgo, lo cual permitiría que las sociedades humanas vivan con y en la incertidumbre. La pandemia mundial del COVID-19 ha puesto en evidencia la ausencia de esfuerzos considerables de diversos países y ciudades en todo el mundo para aceptar las limitaciones de una perspectiva fragmentada, aislada y de amenaza por amenaza para la gestión del riesgo. Ya es hora de realizar un diálogo multisectorial y de tomar las acciones necesarias para perfeccionar, ampliar y fortalecer la habilidad de comprender y gestionar los riesgos sistémicos desencadenados por el COVID-19. Sin embargo, ¿debemos tener el valor de tenernos confianza mutuamente? ¿Cómo podemos establecer esta confianza? ¿Cómo sería esto en una era de distanciamiento físico que está obligando a casi todos los seres humanos a interactuar en línea?

Tal como se ha evidenciado en lo que va del año 2020, los actuales sistemas ambientales, sanitarios, alimentarios, financieros y de transporte, así como las cadenas de suministro y los sistemas de comunicación e información son muy complejos, están acoplados de una forma muy estrecha, son frágiles y claramente vulnerables. También generan vulnerabilidades en múltiples niveles espaciales (desde el ámbito local hasta el plano mundial) y a lo largo de diferentes períodos de tiempo (desde lo inmediato hasta semanas, meses, décadas y más). Estos sistemas enfrentan retos y son los elementos causales e impulsores de efectos disruptivos, tales como brotes de enfermedades infecciosas, escasez de alimentos, disturbios sociales, inestabilidad financiera y desigualdades crecientes.

La pandemia mundial ocasionada por el COVID-19 global es una manifestación compleja de los riesgos sistémicos, e incluye elementos de sorpresa y no linealidad. Tal como sucede con todos los eventos relativos a los riesgos complejos, una serie de elementos impulsores subyacentes considerables —ya sea que se desconozcan o se subestimen—están exacerbando impactos inmediatos y prolongados. Se incluyen condiciones contextuales relacionadas con la ubicación de infraestructura crítica, vulnerabilidades conocidas pero ignoradas dentro y entre diversos sistemas claves (incluidos los elementos de consumo que impulsan prácticas de alto riesgo, por ejemplo, en la cría de animales y los denominados mercados 'húmedos'), así como la falta de redundancia en la cantidad de sistemas limitados (tales como el número de ventiladores o de camas en las unidades de cuidados intensivos, o el número de enfermeras y médicos).

En el actual sistema económico globalizado, las redes de comunicaciones y comercio han generado sistemas sociales, técnicos y biológicos sumamente interdependientes. Estas redes incorporan y se desarrollan con base en incentivos para ser altamente eficientes y generar beneficios económicos. Este enfoque limitado requiere la eliminación de contextos y hay fragilidades que por lo general no se detectan y que producen una serie de riesgos sistémicos que cambian frecuentemente.

En efecto, mediante una interconexión global, la civilización humana se ha transformado en un "súper organismo" y ha transformado el entorno en el que evolucionó, ocasionando nuevas amenazas sin igual, tal como la pandemia mundial generada por el COVID-19. A pesar de las capacidades técnicas y analíticas, así como las vastas redes de información sobre los sistemas sociales y del planeta, cada vez más, la sociedad humana es incapaz de gestionar los riesgos que creamos, a nivel, por ejemplo, del COVID-19.

Muchos de aquellos que ocupan cargos influyentes y que tienen autoridad para tomar decisiones también han sido lentos en darse cuenta de que la degradación de los sistemas naturales del planeta se está transformando en una fuente de amenazas a gran escala —y hasta existenciales—que afectan los frágiles sistemas sociales a nivel local, nacional, regional y mundial. Una serie de cambios de gran alcance en la estructura y las funciones de los sistemas naturales de la Tierra representan una creciente amenaza para la salud humana. Si bien la integración económica mundial continúa fortaleciendo la resiliencia a choques más pequeños a través de ajustes al comercio y otras medidas, las estructuras de redes cada vez más integradas están creando y ampliando vulnerabilidades a los nuevos riesgos sistémicos, como lo es el COVID-19.

El comportamiento de estas redes integrales e interdependientes define la calidad de vida de posiblemente miles de millones de personas y va dando forma a las interacciones dinámicas entre el Marco de Sendai, la Agenda 2030, el Acuerdo de París, la Nueva Agenda Urbana, la Convención sobre Diversidad Biológica y la Agenda para la Humanidad, entre otros acuerdos y procesos intergubernamentales relevantes.

En última instancia, el comportamiento de estos sistemas determina los contextos de la exposición y la vulnerabilidad de las personas, las economías y las ecologías a todo nivel. Se comprenderá mejor el potencial regenerador de los sistemas sociales y naturales contemplados en las agendas intergubernamentales debidamente alineadas, y se acelerará el proceso hacia una regeneración y un desarrollo sostenible orientado por el riesgo, al incorporar los riesgos sistémicos y las oportunidades, también sistémicas, en el diseño de políticas e inversiones en todo nivel.

El próximo artículo de esta serie explorará la forma en que los riesgos sistémicos se han ido incluyendo en las complejas redes de un mundo cada vez más interconectado e interdependiente, así como por qué los enfoques actuales para comprender y gestionar el riesgo requieren una reformulación y un rediseño fundamental en la era de riesgos sistémicos.

Por Marc Gordon, UNDRR, y Scott Williams, Copresidente del Grupo de Trabajo del GRAF sobre el Fomento del Pensamiento Sistémico

Fuente: UNDRR

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