¿Cuál es la diferencia entre un sistema complejo y uno complicado? ¿Por qué es importante esto para comprender la naturaleza sistémica del riesgo?

 

Este es el tercero de una serie de ocho artículos escritos por los coautores Marc Gordon (@Marc4D_risk), de UNDRR, y Scott Williams (@Scott42195), con base en el capítulo sobre el riesgo sistémico, el Marco de Sendai y la Agenda de 2030, incluido en el Informe de Evaluación Global 2019 sobre la Reducción del Riesgo de Desastres. Estos artículos exploran la naturaleza sistémica que ha puesto en evidencia la pandemia mundial ocasionada por el COVID-19, qué es lo que debe cambiar y cuál es la forma en que podemos lograr un cambio de paradigma, para pasar de gestionar los desastres a gestionar el riesgo.

Es necesario aclarar la distinción entre un sistema 'complicado' y uno que es 'complejo'. El primero se puede (des)ensamblar y comprenderse como la suma de sus partes. Esto es similar a un automóvil que se ensambla con el uso de miles de partes que se comprenden muy bien, las cuales, cuando se combinan, permiten que se conduzca de una manera más sencilla y segura. Los modelos de riesgos para amenazas múltiples permiten su agrupación en productos sobre riesgos con un buen comportamiento, gestionables y asegurables.

En cambio, un sistema complejo presenta propiedades emergentes que surgen de las interacciones entre sus partes constituyentes, en las cuales la información relacional reviste una importancia fundamental para integrar el sistema complejo. La comprensión de un sistema de este tipo no es suficiente para adquirir conocimiento sobre sus partes. Resulta necesario comprender la naturaleza dinámica de las relaciones entre cada una de esas partes. En un sistema complejo es imposible conocer todas las partes en algún momento determinado. El cuerpo humano, el sistema de tráfico (o de circulación) de una ciudad o un sistema de salud pública a nivel nacional representan ejemplos de estos sistemas complejos.

Las prioridades de acción del Marco de Sendai impulsan una nueva comprensión del riesgo. Estas prioridades refuerzan el valor evidente que supone discernir la verdadera naturaleza y el comportamiento de los sistemas, en lugar de considerarlos como una colección de elementos diferenciados. Los modelos de gestión del riesgo, así como los modelos económicos y la formulación de las políticas afines, han presentado la tendencia de tratar a los sistemas como si fueran complicados. Con este método, a menudo se aplican modelos simplificados y estilizados a entidades individuales o a canales particulares de interacción para primero definir y después denominar el fenómeno del riesgo. Con posterioridad, los grupos interesados negocian los métodos para cuantificar o para reflejar el riesgo en cuestión de forma objetiva y a través de algún otro medio, para después generalizarlo nuevamente, a fin de tomar decisiones relativas a las políticas.

Las herramientas predominantes para la gestión del riesgo asumen que los sistemas subyacentes son 'complicados', en vez de ser 'complejos'. De hecho, con frecuencia, estas herramientas se diseñan para suprimir la complejidad y la incertidumbre. Este enfoque es obsoleto y posiblemente muy dañino, sobre todo en el contexto de la pandemia del COVID-19 que se está desarrollando actualmente. Y es probable que se generen resultados que no puedan captar la creciente complejidad y la necesidad de explorar la topografía completa de los riesgos.

Los riesgos y la incertidumbre son medidas de desviación de lo 'normal'. Los riesgos forman parte de lo inesperado, cuantificado por el cálculo de las probabilidades. La incertidumbre es la otra parte de lo inesperado. En los casos en que es posible que exista información, esta podría no estar disponible, no reconocerse como relevante o incluso ser desconocida. En un sistema complejo, que es inherentemente impredecible, no se pueden medir las probabilidades de las incertidumbres, al menos no de una forma que sea aceptable para la comunidad mundial dedicada a la gestión del riesgo, lo que incluye a los gobiernos. Actualmente, es muy difícil y hasta imposible convertir la incertidumbre en cantidades aceptables de riesgos que esencialmente emanen de la naturaleza dinámica y relacional del comportamiento de los sistemas complejos. Algunas incertidumbres en cualquier sistema complejo siempre continuarán siendo inmedibles.

La comprensión de las sensibilidades al cambio y las repercusiones es mucho más importante y representa un mayor reto en el contexto de los sistemas complejos. Esto es así especialmente cuando se enfrentan inmensas pérdidas humanas, económicas y ecológicas en todo el planeta, tal como está sucediendo ahora con la pandemia ocasionada por el COVID-19. Las simulaciones de estos sistemas muestran que la realización de cambios muy pequeños puede generar ondas iniciales casi imperceptibles, pero que, aun así, son identificables. Posteriormente, diversos efectos no lineales y las dependencias afines van ampliando estas ondas, ocasionando cambios que dan origen a consecuencias considerables y posiblemente irreversibles. Esto es precisamente lo que está experimentando el mundo actualmente con el brote tan contagioso del COVID-19. En un país tras otro se han venido imponiendo cierres de emergencia y restricciones muy estrictas a las interacciones humanas, mientras que hay personas que no reconocen plenamente que una sola persona infectada (y posiblemente asintomática) puede dar origen a miles de casos de infección en el transcurso de unas pocas semanas.

El riesgo es un asunto de todos. Casi todas las personas en el mundo están comenzando a comprenderlo y el distanciamiento físico se está convirtiendo rápidamente en una nueva norma a nivel mundial. Debemos analizar la forma en que nuestra relación con el comportamiento y las decisiones se transfieren a una rendición de cuentas, tanto individual como colectiva, para la creación y la ampliación del riesgo, o bien, para su reducción. Esta comprensión debe traducirse en acciones.

La creciente complejidad que existe en un mundo interconectado de sistemas humanos complejos y acoplados (económico-político-técnico-sanitario-de infraestructura) dentro de la naturaleza puede crear inestabilidad y salirse de control. Podría no ser posible comprender esto con anticipación (es decir, ex ante). Esta inhabilidad para comprender y gestionar un riesgo sistémico representa un gran reto para las evaluaciones actuales del riesgo, lo que incluye el contexto de la respuesta a la pandemia ocasionada por el COVID-19, el contexto más general del Marco de Sendai y la consecución de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

Para permitir que la humanidad empiece el recorrido en una trayectoria de desarrollo que al menos sea gestionable y en el mejor de los casos sea sostenible y regenerativo, congruente con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, es esencial lograr la reformulación y el rediseño fundamental sobre la forma de abordar los riesgos sistémicos, empezando con un cambio en nuestra mentalidad para poder pasar de algo 'complicado' a algo que es 'complejo'.

Debemos aumentar nuestro grado de comprensión sobre las interdependencias existentes en los componentes de un sistema, tales como las anormalidades y los indicios precursores, las reverberaciones de los sistemas, los ciclos de retroalimentación y las sensibilidades al cambio. En última instancia, las decisiones tomadas en este momento con respecto al riesgo y la resiliencia para favorecer el mantenimiento de la salud humana frente a la pandemia ocasionada por el COVID-19, determinarán los avances hacia la consecución de los objetivos establecidos en la Agenda 2030 y posteriormente.

Fuente: UNSDRR

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